
Te trasladas. Recoge todas tus cosas y marchate antes de que te saque a patadas. Los destrozos que has causado, los recursos que has agotado, las fuerzas que me has quitado vas a tener que pagarlas.
Abandonas hoy mismo el lugar que has estado habitando desde hace tantos meses sin corresponderte, te bajas ya del pedestal, si no hay escaleras hazlo rodando, tu cabeza no notara la diferencia después de la caida, es la suerte del idiota, no tiene cerebro que dañar.
Cuando estes en el suelo de mi rabia rodeado de todos los malos deseos que te profeso aprieta el paso, no me gustaría verte por ahí más de lo necesario, por tu bien corre tanto como puedas y abre la puerta de tu nueva residencia, es esa en la que pone vertedero. Puedes asentarte allí durante una temporada, lo justo hasta que encuentre un hueco para ti en las gélidas tierras de mi indiferencia.
Esa estúpida sonrisa de tu cara va a desaparecer cuando compruebes que allí a donde vas apesta, aunque lo mismo a estas alturas ya te has dado cuenta de que tu también estas pudriéndote y el olor empieza a ser más que evidente, me han bastado un par de cleenex más para recuperar mi olfato y entender que te has echado a perder con tus comentarios absurdos carentes de sensibilidad y cargados de vanidad. Vomitas estupideces como si te hubieran sometido a un tratamiento de idioterapia y yo las he escuchado preguntándome cómo es posible que alguien como tú haya podido llevarme al punto en el que estoy.
Así que rapidito, desaloja, ya me has hecho perder más tiempo del necesario, enróscate bien la boina y acelera el paso. Yo te acompaño hasta la puerta para poder comprobar que queda bien cerrada.
Payaso.